Iº.- INTRODUCCIÓN.
El lenguaje es la capacidad de comunicarse por medio
de signos, la lengua es un código unificado y establecido en un
ámbito social de los referidos signos de comunicación y el habla no
es mas que la momentánea utilización del leguaje, mediante su
verbalización y cuando se trata de palabras. Un diccionario es un
texto normativizado para la consulta de esas palabras, dispuestas en
un determinado orden, cuya autoría procede de una fuente personal o
institucional con algún crédito en el ámbito lingüístico del idioma,
o tema, al que viene referido el propio diccionario. Sin embargo,
este acreditado autor
solamente recoge las
palabras, los términos o los giros del idioma cuando ya están
realmente
generados,
arraigados
y utilizados por la ciudadanía,
es decir, cuando tienen un valor autónomo en la lengua, siempre
íntimamente conexionado al que le adjudique el diccionario. Resulta,
pues, que en
realidad, el lenguaje sólo tiene valor si expresa lo
que pensamos y sentimos y se configura como instrumento capaz de
trasmitir las manifestaciones de las personas y, por sí solo, no es
nada más que un conjunto de símbolos fonéticos o gráficos. Dicho lo
anterior, como punto de partida, debemos afirmar que un lenguaje
nunca puede ser machista, como no puede ser budista o infeliz, ya
que estos son parámetros referidos a las personas o a la sociedad.
Hay que denunciar la ficticia consideración que viene a adjetivar un
lenguaje como machista para plantearnos que el mismo no será algo
más que una de las muy variadas expresiones o exteriorizaciones del
Patriarcado, origen y sede del comportamiento machista y de la
discriminación por razón de sexo.
Conviene recordar que el
Patriarcado
es la estructura social en la que el varón ejerce una autoridad en
ámbitos esenciales de la comunidad aliada con una transmisión del
poder por línea masculina o patrilineal. La sociedad patriarcal se
caracteriza, entre otros aspectos, por;
1º.- la existencia
de núcleos familiares tutelados por un varón,
2º.- la transmisión
por línea masculina de determinadas prerrogativas sociales,
3º.- la posición
social de la mujer en un escalón secundario y/o subordinado al del
varón,
4º.- una concepción
generalizada de inferioridad del sexo femenino y
5º.- cierta
frecuencia de actos relativos a Violencia Contra las Mujeres, muchas
veces ignoradas, amparadas o permitidas por los entornos social y
familiar de la víctima de los mismos.
Si
reflexionamos sobre las dos ideas expuestas que podemos concretar
en;
a)
el
escaso valor del lenguaje como factor discriminatorio y
b)
el
potente valor del Patriarcado, como verdadera causa de la mayoría de
las discriminaciones sexistas,
puede
resultar muy contradictoria la evidente conclusión de que
si no existe una exteriorización del Patriarcado, en
este caso su verbalización, con toda certeza el mismo perdería una
parte de su eficacia como elemento de opresión sexista, tal y como
acabamos de sostener.
Cabe
la aproximación de las dos afirmaciones previas mediante la efectiva
constatación de que el lenguaje refleja la realidad social, tal y
como hemos afirmado en las primeras líneas. Veamos que ejemplos
tales como los de que, en Español, se entiende que los términos
“zorra” o “gallina”, entre otras, admiten la acepción, en sentido
figurado, de “prostituta” y el motivo es que, seguramente, los
hispano hablantes han llamado así a una mujer que consiente en
relaciones sexuales con hombres a cambio de una importe económico o
patrimonial, desvinculándose de la realidad biológica y, por el
contrario, está claro que las expresiones “zorro” o “gallo” nunca se
refieren a un hombre que comercia con su cuerpo a cambio de dinero;
ello se debe a que, históricamente, no ha existido la percepción
social de que pudieran existir varones dedicados a la prostitución.
En sentido inverso se recoge la palabra “sátiro” con el significado
de “hombre lascivo” y no se incluye el término “sátira” con esa
acepción, pese a que hay también mujeres lascivas.
Aquí
vemos que confluyen valores lingüísticos con patriarcales,
desvelándose así una convincente vinculación entre ambos conceptos
o, dicho en otros términos, los anteriores ejemplos nos están
diciendo que el lenguaje además de ser un elemento de
exteriorización del Patriarcado también se nos revela en su aptitud
para constituir un cimiento, sostén o estructura del mismo, cuando
por medio de la palabra se asumen como normales conceptos que son
puras deformaciones de la realidad que atañen a la Igualdad de
Sexos. Es decir, existe una doble interacción entre lenguaje y
Patriarcado. De ello vamos a tratar en este texto.
IIº.- UNA SOCIEDAD MACHISTA; UN “LENGUAJE MACHISTA”.
El lingüista y filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein
(1889-1951) decía que “…los
límites de mi lenguaje son los límites de mi conocimiento…”
y desde la perspectiva de que solamente conocemos lo que podemos
expresar la afirmación es plenamente válida. Efectivamente, en muy
poco nos ayudará conocer algo que no podamos verbalizar y, de facto,
ese conocimiento estará muy próximo a la confusión pues con los
conceptos que indican las palabras se configuran en los concisos
pilares con los que se conciben las ideas.
Desde esta concepción sí que se hace posible
explicar convenientemente la doble vertiente del lenguaje;
a)
como elemento de
discriminación por razón de sexo y
b)
como factor de la
pervivencia de una estructura social de carácter inequívocamente
patriarcal.
Para ello tenemos que recurrir a la Historia. En
efecto, el contenido de ambas aseveraciones ni tiene un origen
próximo ni, tampoco, una génesis inmediata; mas bien ha acompañado
al devenir de la humanidad desde el principio de los tiempos. En
este aspecto, sabemos que, con la práctica generalizada de la
agricultura, en la especie humana se vino a producir una distinción
de funciones en razón del sexo y está sobradamente acreditado que la
mujer se dedicaba, en parte, a la siembra y recolección, lo cual le
proporcionó, además, conocimientos sobre las cualidades curativas de
las plantas y ello acabaría derivando en asumir, también, el cuidado
de los enfermos, que se añadiría al cuidado de la propia prole. Por
el contrario el varón del “homo sapiens” (¿”personae
sapiens”?), dedicaba sus esfuerzos a la caza con lo que se hizo
usuario exclusivo de las primeras y muy rudimentarias armas de
piedra. Esta exclusividad bien pudo degenerar en el uso de las
mismas como medio violento para imponer su autoridad, tanto respecto
a las tribus vecinas como en la propia. Muy escuetamente, esta
configuración bien puede resultar aceptable para explicarse el
origen del Patriarcado como modelo social imperante.
Al mismo tiempo se produce un uso diferenciado que
del lenguaje viene a hacer cada sexo. La mujer, encargada de la
crianza de la prole, le debía trasmitir el conocimiento y uso de la
facultad de la comunicación hablada, con lo cual hacía una
utilización de la palabra con una frecuencia muy superior a la que
la sigilosa y silenciosa actividad de la caza de animales requería
para el macho. Esta conclusión, quizás gratuita y poco justificada,
sin embargo, sí que tiene un reflejo en ciertas conductas vigentes y
puede explicar, por ejemplo, que el sexo femenino tenga una
frecuente tendencia hacia espectáculos como el teatro o el cine y el
sexo masculino incline sus preferencias hacia otros, como el del
deporte. Si nos paramos a analizar. en los primeros reina la
comunicación oral o verbal y en los segundos esa comunicación queda
reducida a un mínimo, utilizándose, por ejemplo, el silbato o la
gesticulación como medios para trasmitir órdenes, tal y como se hace
en la caza…
Pero ello no va a traducirse en que la mujer mantenga
una superioridad en la comunicación verbal y que el varón quede
subordinado a ella. Recordemos que el uso de armas le proporcionó el
poder social; el Patriarcado y este tiene la cualidad de ejercerse
de modo absoluto y sin fisuras. Por eso, si examinamos la Historia,
resulta incontrovertido que es el varón el que escribe y, además,
escribe para el varón, que supera, estadísticamente en mucho, la
alfabetización y aprendizaje de la lectura respecto a la mujer. En
efecto, no hace falta ningún exhaustivo conocimiento de la
Literatura, por ejemplo, para saber que la misma es una actividad,
predominantemente, masculina a lo largo de la Historia y tampoco hay
que ser nada leído para saber que el Ágora griega, el Senado romano,
el Monasterio medieval, el Ideario renacentista, la Revolución
Francesa o el Marxismo tienen un protagonismo preeminentemente
masculino. Lo cierto es que “El Feminismo” nace entre las mujeres
burguesas del siglo XVIII y solamente tiene una efectiva incidencia
en la segunda mitad del siglo XX. Basta recordar que el sufragio
universal se impone ya entrado dicho siglo y que, en la actualidad,
Estados de la importante influencia como Arabia Saudí o el Vaticano
lo desconocen en sus Leyes…
En definitiva, los hombres que han legislado y
escrito lo hacían, lo hacen, dirigiéndose a otros hombres desde su
perspectiva como hombres y no como personas o seres humanos y ello
ocurre porque inexorablemente construyen, fomentan o participan de
una concepción Patriarcal del entramado social. Así se explica que
una “sociedad machista” utilice lo que, de forma un tanto errónea,
se viene a conocer como un “lenguaje machista”.
IIIº.- LA RELEVANCIA DE UN “LENGUAJE MACHISTA”.
Al inicio de estas páginas ya nos pronunciamos en el
sentido de que el lenguaje no puede ser machista; solamente su uso
–con consciencia o por negligencia- podrá considerarse peyorativo
para el sexo femenino; además el debate se simplifica ya que afirmar
o negar el “machismo” del lenguaje carece de cualquier relevancia
práctica. Un idioma es una herramienta de comunicación y su
valoración depende del uso que se haga de la misma; al igual que un
cuchillo de cocina puede ser muy útil para alimentarnos o para
matarnos. En definitiva, el lenguaje no puede ser machista, pero si
que se puede constituir en una eficaz herramienta de discriminación
por razón de sexo.
Superada esta diatriba nos encontramos con un hecho
constatable que se traduce en que determinadas expresiones o
palabras, que tan sólo se diferencian en el género, nos vienen a
indicar algunos aspectos o conductas que resultan ser despectivos
para la mujer y positivos para el varón. En otras palabras; un uso
generalizado de ciertas formas lingüísticas acaba por imponerse a la
realidad, infiltrándose en los diccionarios para perpetuar una
convivencia social y así, de forma más directa, ya podrán servir de
efectivo sustento del Patriarcado.
Muy brevemente, aunque el tema no es baladí como
pudiera parecer en un primer análisis, repasemos algunos, de los
infinitos, ejemplos que, en demasiadas ocasiones, confirman que el
lenguaje, como estructura de signos y voces y como medio de
comunicación, sí que llega a mantener una flagrante relevancia en la
consolidación de comportamientos machistas que, en mayor o menor
medida, incidirán en discriminaciones por razón de sexo. Veamos;
podemos ser tontos o tontas, pero no inteligentes o inteligentas;
los militares y soldados nunca son militaras o soldadas aunque, por
sus hazañas, puedan convertirse en hombres públicos, como
equivalentes de héroes (que nunca es una droga, como la heroína),
pero no en mujeres públicas, como sinónimo de prostitutas. El perro
es el mejor amigo del hombre (que no de la mujer o de la individua)
y de la perra no se hace esa afirmación, como ocurriera con lo que
ya hemos referido respecto al zorro y a la zorra…
Y lo dicho se puede desvelar en otros ámbitos, por
ejemplo en el relativo a la conducta sexual, en la pervivencia de un
insultante refranero, la plácida admisión de una vejatoria
publicidad o las risas que a todos nos producen ciertas denigrantes
ocurrencias chistosas. En este aspecto hay que incidir en que las
palabras ya no son, tan sólo, medios de comunicación de sucesos,
ideas o sentimientos sino que, también, cooperan en la consolidación
de nuestra convivencia en una sociedad sexista y patriarcal. Y,
aunque solo sea una herramienta, como el ejemplo del cuchillo,
resulta necesario mantenerla en condiciones adecuadas, así como
conviene mantener los cuchillos afilados, independientemente del uso
que les vayamos a dar. En paralela similitud, resulta necesario
desterrar las expresiones injustificadamente sexistas del idioma.
Como nota final del
presente epígrafe hay que hacer la advertencia de lo que lo expuesto
deberá ser considerado con la máxima de las precauciones, pues bien
podría constituir una simple falacia o valorarse como una
malintencionada tergiversación. Por ejemplo, hay imbéciles pero no
imbécilas, la perfección se alcanza con una obra maestra y el delito
es producto de la conducta de criminales, no de criminalas… En este
sentido el filósofo alemán Martin Heidegger (1889-1976) sostenía,
con fundados argumentos, reflexiones tales como que “el problema
de la filosofía no es la verdad sino el lenguaje” o que “no
somos nosotros quienes hablamos a través del lenguaje sino que es el
lenguaje el que habla a través de nosotros”.
IVº.- EL PROCESO HACIA UN LENGUAJE NEUTRO.
Recordemos que las relaciones sociales, históricamente, se han
constituido sobre un sistema Patriarcal que hoy se perpetúa en muy
contundentes desigualdades entre hombres y mujeres. Pero la
Historia, sin duda alguna, viene evolucionando hacia la superación
de este esquema sobre todo en los últimos 300 años y, no cabe duda,
de que este proceso igualitario resulta imparable. El papel social
de la mujer que la limita a las funciones de esposa, ama de casa y
madre decae inexorablemente, pese a ciertas convulsas modulaciones
del llamado “Movimiento Feminista” y ello ya va teniendo, en la
sociedad occidental, cierto reflejo, que también afecta al uso del
lenguaje.
Estamos inmersos en un, cada vez mas perceptible y expansivo,
proceso de moderación, armonía, equilibrio y
democratización de la comunicación verbal, tanto de
modo consciente como inconsciente. Y, ante todo, ya son residuales o
anecdóticos los posicionamientos críticos o agresivos, de alguna
solvencia intelectual, que cuestionan la necesidad de evitar el uso
de expresiones o términos que impliquen una injustificable
discriminación de la condición femenina. El patrón de la
“normalidad” en diferentes contextos sociales va adquiriendo una
paulatina interpretación analógica y una consecuencia de ello es la
existencia de la imparable expansión en la convención para que el
uso cotidiano del lenguaje no sea utilizado como herramienta de
discriminación sexista en la sociedad actual. Este proceso, además,
se refiere no solo a la condición de la mujer sino a la de muy
diversos grupos sociales minoritarios e históricamente
discriminados.
Otro aspecto es que aquí y ahora también se abre una
nueva cuestión y es la relativa a la intervención artificiosa sobre
los usos discriminatorios en el ámbito lingüístico. A tal respecto,
bien se puede optar por:
a)
un sistema normativo,
legal, que imponga reglas del uso del idioma que castiguen los
resultados de carácter discriminatorio o bien
b)
entender que las pautas de
comportamiento social se generan y se imponen de forma rápida e
incuestionada cuando la ciudadanía se conciencia tanto de su
necesidad como de su utilidad.
Esta doble posibilidad, además, se puede plantear
mediante otra formulación muy poco diferenciada cuya esencia viene a
asentarse en la concepción generalizada de que el lenguaje no es mas
que una herramienta del sistema patriarcal, que es el auténtico
enemigo a combatir para el logro de una sociedad mas justa e
igualitaria, lo que, en realidad, fluye en paralelo con la “solución
normativa” del anterior apartado a) o, por el contrario, registrar y
confiar en que la percepción del lenguaje como elemento de
discriminación, en cualquier ámbito, nivel o estructura social,
constituye, por sí misma, una simiente que va dar sus frutos no por
imposición sino por convicción, con lo que se viene a valorar los
hábitos sociales como auténticas fuentes del comportamiento exigible
en la convivencia ciudadana, en concordancia con el anterior
apartado b).
Es difícil inclinarse por uno de los dos
planteamientos ya que, cada uno, tiene sus virtudes y sus defectos.
La Historia nos enseña que para la desaparición de la esclavitud o
de la segregación racial no se hicieron precisos elaborados procesos
legislativos (pero si que llegaron a generar conflictos bélicos)
sino que fueron fruto de un “movimiento ciudadano” que, concienciado
de la injusticia que ambas situaciones suponían, acabó por imponerse
como medio de eficaz y permanente eliminación de esas estructuras
sociales que se apercibieron como intrínsecamente inaceptables y de
muy dudosa utilidad para una pacífica y fructífera convivencia. Y
todo ello al mismo tiempo que también observamos una prolificación
de normas legales que prohíben y sancionan las discriminaciones por
razones de preferencias sexuales o culturales, penalizándose, por
ejemplo, las conductas homofóbicas o antisemitas que la totalidad de
los ciudadanos, tal vez, no sabrían definir exactamente.
La cuestión, la duda, queda abierta…
Vº.- CONCLUSIONES.
El lenguaje se configura como cualquier medio capaz
para la comunicación. El lenguaje oral es el conjunto estructurado
de sonidos, palabras y expresiones, extraordinariamente desarrollado
entre los humanos, que faculta la trasmisión de información verbal
mediante los términos asignados a determinados objetos y, al mismo
tiempo, sirve para convenir en definiciones, abstracciones o
percepciones de carácter no objetivo y, como tal, es evidente que no
puede contener elementos ideológicos propios sino que siempre será
el usuario del mismo el que dotará al lenguaje de estos. En su
consecuencia, resulta muy difícil sostener, convincentemente, de la
existencia de un “lenguaje machista”, por ejemplo.
Al tiempo, se produce la aparente paradoja de que lo
dicho no impide que, dado que las palabras reflejan la realidad, en
el propio idioma se infiltran con cierta frecuencia elementos o
configuraciones que si que pudieran tener un contenido sexista, pero
que sólo se activa o trasmite cuando es usado por una persona con
esa finalidad, sea de manera consciente y querida o inconsciente e
ignorada. Este es uno de los “peligros” que esconde el lenguaje,
pero no el mas relevante. Resulta mucho mas trascendente el
aprovechamiento de la comunicación para llevar a cabo conductas
discriminatorias por razón de sexo que, en la práctica, se traducen
en una injustificada minusvaloración de lo femenino que, por
ejemplo, entienden que “…detrás de un gran hombre siempre hay…”
y, con ello, pueden propiciar o justificar que las mujeres no
accedan a puestos de decisión y poder.
El origen de ello está en el propio ámbito cultural
sobre el que se constituye la convivencia social y, no cabe duda
alguna, de que la cultura es un proceso histórico que, en el caso
que tratamos, aparece teñido, o confundido, con lo que hemos llamado
Patriarcado. Esta concepción cultural se traduce en una efectiva
hegemonía del sexo masculino sobre el femenino y en el resultado de
que la mujer ocupe un lugar secundario en muchos aspectos relativos
a la organización social y se fundamenta en una limitación de los
valores, de la Dignidad y de la Personalidad de la Mujer. Por todo
ello no hay que olvidar que lo que viene a situar a la mujer en una
situación subordinada es el Patriarcado, como sistema de
organización social y que el lenguaje sexista no es mas que un
aspecto muy parcial del mismo.
Ello no impedirá la negativa consideración de las
consecuencias que el uso inveterado de un lenguaje deforme y
deformante produce y, si queremos una sociedad mejor, tenemos que
proveernos de los medios que limiten esas consecuencias. Estos
medios bien podrían ser de dos tipos; los legales o los de la
implantación de usos sociales que los coarten o palien. No nos
parece adecuado inclinarse, de modo absoluto, hacia alguno de los
dos medios, entre otras razones por que, en definitiva, van a tener
un mismo resultado.
Desde la segunda mitad del siglo XX el “Movimiento
Feminista” incluye estos aspectos entre sus reivindicaciones y,
mediante estas notas, solamente se quiere clarificar, en la medida
de lo posible, que con un cambio de los modos de la expresión
verbalizada no se va a lograr ninguna igualdad de sexos; pero sin
que tal afirmación implique que sea esta una faceta que se deba
descuidar.
Y ante las anteriores reflexiones surge una duda, una
insistente pregunta; ¿no será que por medio de campañas públicas o
procesos legislativos estamos poniendo un remedio ficticio a una
desgraciada Discriminación Social de la Mujer que solo se terminará
cuando el Patriarcado deje de ser la concepción hegemónica de las
conductas y de los roles sociales? En la lucha contra el lenguaje
discriminatorio, ¿Estamos disparando hacia la diana adecuada o
solamente malgastamos la contada munición de la que dispone “La
Liberación de la Mujer”?
Si la conquista del Sufragio Universal y Femenino
costó tantos esfuerzos algo puede estar fallando cuando las actuales
Legisladoras parece que dedicasen muchos de sus esfuerzos a que se
imponga el uso de los términos Jueza o Médica, mientras que
Presidentes de Audiencias o Directores de Hospitales son,
mayoritariamente, varones.

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